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4.6.20

LA CAÍDA DE ALEMANIA: LA HUÍDA DEL KÁISER Y EL ARMISTICIO

Convocados en Spa 39 jefes con responsabilidad sobre grandes unidades o áreas del servicio, se planteó más o menos el siguiente dilema: ¿ luchar violentamente contra la “revolución” preservando el ordenamiento del Reich y la figura del Guillermo II , o permanecer pasivos evitando un enfrentamiento interno? El jefe del departamento de operaciones Heye, preguntó con más claridad. La respuesta fue que había que eludir la confrontación civil por encima de todo.

Hindenburg y Groener indicaron al káiser que el ejército ya no le respaldaba. Según una frase que el coronel Heye habría dirigido a Guillermo II, “ El ejército puede regresar a la patria bajo el mando de sus oficiales. Si Vuestra Majestad quiere ponerse al frente de sus soldados, puede hacerlo y será bien recibido, pero el ejército no combatirá ni dentro ni fuera de Alemania”.

Ese mismo 9 de noviembre  las cosas también se precipitaron en Berlín con demostraciones en fábricas y calles. Por contacto telefónico con la cancillería  el káiser se mostraba dispuesto a abdicar como emperador, pero deseaba conservar el título de rey de Prusia. De hecho, el canciller Max, antes de que la decisión fuese firme, anunció la abdicación y la preparación de una regencia. El comandante de la guarnición de Berlín, Von Linsingen, dio la orden de no disparar, ni siquiera para proteger edificios públicos.

Ebert irrumpió en la cancillería exigiendo formar gobierno, apoyado por una resolución de su partido. El príncipe Max aceptó instantáneamente, aunque el acto rompía el último y tenue hilo de legalidad. El príncipe abandonó inmediatamente la capital, pero todos sus ministros fueron confirmados por Ebert, el nuevo canciller. Al atardecer, Schedeimann proclamó desde una ventana del Reichstag ante una congregación de público la República Alemana, aunque Ebert le reprochó que no hubiera aguardado a la celebración de la esperada Asamblea Constituyente, cuyas elecciones se harían en breve. Más o menos a la misma hora, en el ahora desierto Palacio Real, Liebknecht y unos cuantos partidarios proclamaban la República Socialista Libre.

A más de mil kilómetros, en Spa, en aquel momento el káiser firmaba su abdicación como emperador (aunque siguió resistiéndose a abandonar el título de monarca de Prusia). Hindenburg, preocupado por su seguridad y la actitud que tomarían los socialistas y los Aliados, sugirió que marchase a la cercana y neutral Holanda. A las cinco de la tarde Guillermo II se despidió de los presentes, excepto del general Groener (que de manera sospechosa seguía defendiendo que Guillermo II permaneciese con el ejército  y que el exilio no era necesario). Finalmente, tras algunos preparativos y consultas, el tren del antiguo emperador emprendió la marcha a Holanda a las cinco de la mañana del 10 de noviembre. El II Reich se había desvanecido en las nieblas de la Historia.


FOTO. EL KÁISER GUILLERMO II (  X BLANCA) EN LA ESTACIÓN HOLANDESA DE EIJSDEN EL 10 DE NOVIEMBRE DE 1918

El ambiente político y social de Berlín estaba en plena ebullición. Un centenar de adictos protobolcheviques dentro de las grandes empresas de la capital,  que habían incitado las huelgas en las fábricas de municiones del pasado mes de enero, irrumpieron en el Reichstag la noche del 9 al 10 dirigidos por Emil Barth y Richard Muller, y aprobaron unilateralmente convocar una reunión de delegados de los Rats berlineses en el Circo Busch para el día siguiente, para nombrar un “Consejo de los Comisarios del Pueblo”. Ebert decidió seguirles la corriente y ganarles por la mano. Podía obtener una segunda legitimación, aparte de su cargo de canciller del extinto régimen. Sabía además que el SPD tenía implantación suficiente como para superar a los sindicalistas protobolcheviques ( germen de los posteriores espartaquistas ) así como a figuras aisladas como Liebknecht.

El armisticio lo daban todos por descontado, y la noche del 10 al 11 de noviembre se le envió un telegrama a Erzberger en el que se le autorizaba a firmarlo, sin necesidad de nuevas negociaciones, para estupor del propio plenipotenciario, que había intentado conseguir unas condiciones menos severas en los encuentros de los días anteriores.

Durante la sesión en el circo se reunieron 2.000 delegados. Conscientes de que no iban a poder dominar el nuevo “Consejo de Comisarios” debido a la mayoría de delegados del SPD presentes, sobre todo los de extracción militar, Barth intentó deslizar la creación en paralelo “Consejo ejecutivo de soldados y trabajadores”, pero de nuevo el SPD neutralizó la jugada imponiendo la paridad entre sus componentes.


Finalmente se ratificó al acabar la sesión al “Consejo de los comisarios del Pueblo” que coincidía con el gobierno previo de Ebert, más tres comisarios-ministros del USPD. Esa misma noche recibió Ebert una llamada telefónica desde Spa. Era el general Groener, que se ponía a su entera disposición, pidiéndole a cambio que contuviera a los protobolcheviques y los Rats y mantuviera el orden.

Pero el mundo no estaba pendiente ya de los sucesos Berlín, ni siquiera de Alemania, tampoco sobre ninguna de las Potencias Centrales en procesos de desintegración. Aún menos en las crueles luchas revolucionarias en las ruinas del difunto imperio ruso. Sino en esa pequeña localidad francesa de Compiegne ya mencionada, donde había acudido la delegación perdedora a ponerse a merced de los vencedores.

Las condiciones del armisticio aceptadas por el gobierno Ebert suponían una rendición en la práctica, porque dejaban a Alemania abierta a cualquier acción de los Aliados. Se contemplaba la evacuación de todo territorio ocupado, incluyendo el mencionado en Brest-Litovsk, y de Alsacia-Lorena. Debía entregarse 5.000 cañones y morteros, y 30.000 ametralladoras, despojando así de armamento pesado al ejército germano. Los prisioneros de los países Aliados debían ser liberados unilaterálmente.  Unas 5.000 locomotoras tenían que ser puestas a disposición. Debía evacuarse el territorio alemán al oeste del Rhin, dejando tres cabezas de puente en la margen oriental del río. La Marina debía entregar los submarinos y buques de guerra en puertos designados por los Aliados. El bloqueo marítimo se mantenía, agravando aún más la penuria alimenticia. 

Eran mucho más duras que las propuestas por Wilson inicialmente, pero el revanchismo francés de Clemenceau y Poincare  había elevado el listón. Por otro lado, es posible que  el miedo a la bolchevización que empezaba a rondar a Foch frenara alguna de las demandas más extremas.



FOTO. LA DELEGACIÓN ALIADA EN LA FIRMA DEL ARMISTICIO. FOCH, EL SEGUNDO POR LA DERECHA CON ABRIGO Y CARTERA. WEMYSS, EL PLENIPOTENCIARIO BRITÁNICO,  TERCERO POR LA DERECHA JUNTO A FOCH.

El armisticio entró en vigor según lo estipulado a las 11.00 horas del día 11 del mes de noviembre, el undécimo del año.

Después de inmensos sacrificios, la Gran Guerra, la Guerra Mundial había terminado. Solo sería la Primera. En un hospital de Pasewalk, en Pomerania, se enencontraba el cabo Adolf Hitler recuperándose de un gaseamiento. En ese momento solo uno de los millones de hombres que habían servido en filas durante aquellos años y que se enfrentaba a un futuro incierto. Pero consideraba que el desafío no había terminado realmente. De momento, como él mismo escribió "sin nombre, yo no reunía las condiciones para poder ejercer una acción útil". 

Eso cambiaría algunos años más tarde.

El impulso que la guerra había dado a las masas a la búsqueda de participación, autoestima y nivel de vida ¿ hacia donde se orientaría?



30.5.20

LA CAÍDA DE ALEMANIA EN NOVIEMBRE DE 1918. ¿REVOLUCIÓN O PUÑALADA POR LA ESPALDA?

FOTO. ERZBERGER (CENTRO), DURANTE UNA VISITA EN SPA,  JUNTO AL GENERAL HAMMERSTEIN

El 30 de octubre el káiser se había trasladado al Cuartel General en Spa, tal vez tratando de sentirse más arropado por los miembros del Alto Mando, aunque este lugar le aislaba del crucial debate político y del centro de decisión administrativo del país en tan difíciles momentos. 

Allí fue donde le sorprendió el movimiento revolucionario de los marineros y la difusión de los Rat durante la primera semana de noviembre, los consejos de soldados y obreros. Los soldados de las guarniciones elegían sus delegados, las autoridades militares cedían y compartían las atribuciones, y las autoridades civiles, a regañadientes o temiendo un baño de sangre si se ofrecía resistencia, reconocían la nueva soberanía.


Los Rat tenían métodos de elección poco electorales o representativos. Simplemente una masa de obreros o de soldados de retaguardia aclamaban a sus compañeros más prestigiosos o elocuentes en locales grandes o en espacios abiertos, plazas, etc.

El 5 de noviembre Max confirmó las medidas de Noske en Kiel y en el norte, dándoles sanción legal y proporcionando otra baza a los socialdemócratas.

Entre el 4 y el 10 de noviembre los revolucionarios, envalentonados por la falta de oposición fueron ocupando ayuntamientos, estaciones de tren, comandancias militares y periódicos, con poca o nula resistencia por parte de las autoridades civiles y militares que seguían la consigna del gobierno Max y de los partidos que lo sostenían de evitar choques y derramamiento de sangre. Liberaron a los presos, como la bolchevique Rosa Luxemburgo y a otros disidentes. Karl Liebknecht, otro de los miembros del USPD, había sido liberado ya el 23 de octubre bajo los auspicios del gobierno Max. Era la plasmación de la “República de los Consejos”, según la bautizaban sus partidarios.


El SPD dio el visto bueno a todos estos actos, tal vez para anticiparse a los simpatizantes bolcheviques, y poder controlar el movimiento en su provecho. 


                           FOTO. EL GENERAL GROENER

Entretanto, el general Groener había regresado precipitadamente a Berlín con un informe alarmante de la situación militar, exigiendo un armisticio inmediato sin importar las condiciones, incluso contra los deseos del príncipe Max de intentar negociarlo un poco más de tiempo. Groener asumió un papel político reuniéndose con los líderes sindicales socialistas, imponiéndole al canciller una comisión de armisticio dirigida por Erzberger que debía acudir ante el mariscal Foch.




El 6 de noviembre llegó el comunicado de Wilson, informando que Foch, como jefe supremo de las fuerzas Aliadas, estaba dispuesto a recibir a una delegación en su Cuartel General en Compiegne. Apresurádamente la delegación partió aquella misma tarde dirigida por Erzberger. Al mismo tiempo Ebert, jefe del SPD, dio a Groener indicaciones para que el káiser abdicase, con el pretexto de que así se podría salvar la institución de la monarquía frente a las masas azuzadas por los revolucionarios izquierdistas ( aunque omitió recordar que parte de los ponentes y activistas eran subordinados del propio Ebert)



A continuación, Groener regresó a Spa con una misión: desactivar la resistencia del ejército al armisticio y al cambio de régimen, y obtener la abdicación de Guillermo II.


El viernes 8 de noviembre, junto a los agregados militares que se les habían incorporado al pasar por Spa, la delegación de Erzberger se presentó ante Foch. En realidad no había propuestas que tratar. Foch simplemente puso ante la delegación alemana una lista de condiciones elaboradas por las autoridades de los países Aliados, en forma de ultimatum con tres días de plazo. Era una capitulación simple y llana, pero la delegación, en su entreguismo, tampoco estaba dispuesta a levantar la voz y solo trató de suavizar algunas condiciones menores. 

Estas circunstancias caóticas respaldarían más tarde la interpretación de que Alemania se había venido abajo a consecuencia de los manejos de elementos subversivos internos, esencialmente socialistas, bolcheviques y judíos, implicados en una campaña internacionalista traidora. Fue la teoría de la "puñalada por la espalda" que sería manejada por Hindenburg y otros nacionalistas.



Ahora la cuestión crucial era la actitud que tomaría el ejército del frente Occidental, que aún no estaba subordinado a los políticos de Berlín y de los Rats de la Alemania metropolitana. El káiser pensaba que su retorno al país calmaría la situación y que sostendría al régimen. En cambio, el canciller Max y Groener pensaban que la presencia del káiser era el último obstáculo para obtener el armisticio, por draconiano que fuera, y para intentar mantener la disciplina en las ciudades. Sostuvieron esa tesis ante el resto del gobierno de manera abierta, y de manera más encubierta ante los militares en Spa.




8.4.20

LA DEFENESTRACIÓN DE LUDENDORFF. LA PROYECTADA SALIDA DE LA FLOTA Y EL AMOTINAMIENTO DE LOS MARINEROS DE KIEL


Ante las crecientes presiones desde ámbitos políticos y civiles para que abdicara (como el periódico Frankfurter Zeitung, que el día 24 de octubre afirmaba que solo la abdicación podía asegurar unas condiciones de paz razonables), Guillermo II se inclinó a respaldar al canciller Max von Baden en su divorcio del Alto Mando. El canciller y el Reichstag parecían apostar por un regencia y un armisticio inmediato que mantendrían el régimen del II Reich, aunque reformado. Por otra parte, el espectro de una revolución de cuño soviético era una posibilidad  manejada a conveniencia, bien para favorecer la abdicación, aduciendo que las masas socialistas  se alzarían y destruirían el estado, la administración y todas las instituciones si no se producía. Pero ese latente temor revolucionario bolchevique servía igualmente para sostener la permanencia del káiser.  El 26 de octubre, a las 10.00 horas de la mañana, tuvo lugar una tormentosa reunión en el palacio Bellevue de Berlín en la cual Ludendorff fue destituido, después de que el káiser le echara en cara su inicial  propuesta de armisticio y la orden del día que había transmitido sin autorización el 24 de octubre.

 A Hindenburg se le ordenó mantenerse en su puesto para tratar de mantener la calma del Heer, pero imponiéndole como segundo al mando al general Groener, de origen suabo, especialista técnico pero derrotista, bien relacionado con el partido socialdemócrata, dotándole de los amplios poderes que había ostentado el anterior lugarteniente general. Aparentemente, Ludendorff había pensado  que su hasta entonces jefe y amigo desde aquellos heroicos días de 1914 en Prusia Oriental mantendría la solidaridad de equipo, incluso en una disputa contra el káiser, y experimentó una amarga decepción ante la actitud de Hindenburg de no querer dimitir conjuntamente. Significativamente, Ludendorff se negó a subir con el mariscal al coche que debía de conducirles de regreso al OHL. Por su parte, es muy posible que Hindenburg hubiera perdido la confianza en su compañero de fatigas. Su mayor sutileza política le hizo comprender que la veloz degradación del ambiente interior en Alemania tenía su origen en la inoportuna petición de un armisticio hecha por Ludendorff  hacía casi un mes, que había producido un incontrolable efecto en cadena. Lo cierto es que, después de estos acontecimientos, la relación amistosa entre ambos hombres se extinguió por completo.

A la hora de la verdad, esta brusca sustitución en la cúpula del OHL solo precipitó todavía más la caída en picado de la moral y la descomposición interna. Y con ellas brotaron la contestación a la misma estructura imperial. Desde el 20 de octubre, cuando se le había ordenado suspender la campaña submarina, la jefatura de la Kaiserliche Flotte se habían desmarcado de las decisiones del gobierno Max. La situación se precipito el 28 de octubre cuando el almirante Scheer, deseando a la vez salvar el honor de la flota, hacer una demostración de solidaridad al ejército de tierra y rechazar la desmovilización informal que propugnaba Berlín, programó una salida para arrastrar a la escuadra británica a un combate abierto. Scheer le encargó la ejecución de la operación a Hipper, aprovechando que la suspensión de la guerra submarina dejaba libres a los sumergibles para el cometido de apoyar a la Hochseeflotte.

De hecho, aunque arriesgado, el plan esta bien concebido a partir de las lecciones extraídas de la batalla de Jutlandia: las fuerzas livianas de cruceros ligeros y destructores navegarían frente la desembocadura del Támesis para arrastrar a la Grand Fleet procedente de Scapa Flow, y se plantearía un combate con el grueso de la Hochseeflotte, de un par de horas de duración frente a la costa frisia, aprovechando el crepúsculo que siluetaría a los barcos enemigos. Tras el choque, los acorazados y cruceros de batalla alemanes se retirarían a través de los pasillos en los campos de minas propios que estarían a mano, y a continuación sus destructores atacarían durante la oscuridad a los británicos. Con estos métodos se anularía la superioridad numérica de la Royal Navy. También se habían preparado varias barreras de submarinos con 25 unidades y varios campos de minas ofensivos en la ruta previsible de los británicos. 


MAPA. PLAN DE LA SALIDA DE LA FLOTA ALEMANA A FINALES DE OCTUBRE DE 1918


Sin embargo, en el ambiente de desmovilización y de expectativa de un final próximo de la guerra, la operación fue tildada de suicida por una parte de la marinería, “calentada” por los agitadores marxistas de la rama más revolucionaria USDP y otros sindicalistas protobolcheviques que recorrían las tabernas y tugurios de los puertos.

Estallaron amotinamientos en algunos navíos y deserciones, incluso saltando de los buques durante el tránsito por el canal de Kiel, como ocurrió en los cruceros de batalla Derflinger y Von der Tann.  En el acorazado Thüringen más de 300 marineros fueron arrestados, después de que varios destructores y submarinos tuvieran que apuntar sobre él. También hubo disturbios en el acorazado Helgoland. Para tratar de apaciguar los ánimos la flota fue dispersada. Solo una parte quedó en la rada Schilling de Wilhemshaven, el punto de donde debía haber zarpado la expedición. Otra escuadra retornó a Kiel el viernes 1 de noviembre. Pero las contramedidas de las autoridades en la base de Kiel no surtieron efecto. Una delegación enviada al comandante de la base exigió la liberación de los arrestados. El 2 de noviembre se produjeron reuniones de marineros con cargadores, infantes de marina y otro personal del puerto, con lo que los revoltosos fueron envalentonándose. A partir del domingo 3 de noviembre las protestas se extendieron con la participación de operarios de los astilleros, formando una gran multitud en uno de los campos de instrucción, con exigencias de una paz a cualquier precio y la dimisión del káiser. Se produjo un tiroteo con un retén de guardia dirigido por el teniente Steinhauser, que resultó muerto junto con una decena de personas, y 30 fueron heridas. El comandante de la base, ante el sesgo de los acontecimientos, se inhibió, y a mediodía el puerto y las instalaciones habían caído en manos de los amotinados.

Fueron enviados por el gobierno la tarde del día 4 de noviembre a la localidad los diputados Haussmann (liberal) y Noske (socialdemócrata) para sondear el ambiente y tratar de apaciguar los ánimos. Noske prometió una amnistía a los amotinados, anunciado que pronto se firmaría un armisticio. Se autonombró gobernador de la región y transmitió a Berlín las ofertas que había hecho a los revolucionarios, entre ellas la abdicación del káiser. Durante los primeros días de noviembre de 1918 los disturbios se extendieron a otros puertos alemanes como Lübeck el día 5, Hamburgo y Bremen a la mañana siguiente, y hasta Tilsit en el extremo oriental de la nación.



                                    FOTO. EL DIPUTADO NOSKE ( CON SOMBRERO CIVIL) EN UNA DE SUS ALOCUCIONES A LOS MARINEROS DE KIEL EN OCTUBRE-NOVIEMBRE DE 1918

8.9.19

INCERTIDUMBRE Y DESESPERACIÓN EN BERLÍN: EL GOBIERNO DEL PRÍNCIPE MAX VON BADEN (II PARTE)


¿ Qué postura adoptaban los principales dirigentes de los Aliados? Foch y Clemenceau se citaron el 16 de octubre. Ambos pensaban que el debilitamiento de la fuerza de Francia se agudizaría si la guerra se alargaba, y en consecuencia esto dañaría la posición del gobierno francés en la mesa de negociaciones. No obstante, creían que era una buena idea mantener las duras exigencias de Foch aprovechando el marasmo que mostraban las Potencias Centrales.

El gabinete de Lloyd George fue informado por Haig el día 19 de octubre de que las dificultades logísticas y la aproximación del invierno hacían necesario garantizar el armisticio incluso suavizando las condiciones. Los políticos británicos se mostraron receptivos al punto de vista de Haig, entre otras cosas porque pensaban que prolongar la lucha solo fortalecería la postura norteamericana en las negociaciones de paz.

En Alemania, en cambio, las acentuadas diferencias de opinión entre los ministros y consejeros aumentaron la sensación de incertidumbre y vacilación. Von Baden replicó afablemente a la nota del 14 de octubre del presidente Wilson, prometiendo poner fin a los ataques submarinos contra buques de pasaje. Asimismo reafirmaba su vocación parlamentaria, lo que debía (a juicio ingenuo de los liberales y socialdemócratas alemanes) facilitar el camino a una paz justa.

Sin embargo el Alto Mando  no aceptaba la concesión de suspender la guerra submarina. Hindenburg además añadió el 20 de octubre que si esta negativa producía la ruptura de las conversaciones, el gobierno “debía tener claro la necesidad de luchar por nuestro honor hasta el último hombre”.  

A partir de este momento, las responsabilidades por lo acaecido en Alemania hasta el 11 de noviembre de 1918 se abren a diferentes interpretaciones. Hay quien considera que el OHL quiso marcar distancias con el gobierno civil tras haberlo obligado a negociar, intentando endosarle la responsabilidad de la derrota inminente. 

El estado difícil del ejército es evidente a partir de lo que recogió en sus memorias el canciller a partir de su correspondencia con el príncipe Ruperto: “Nuestras tropas están agotadas (…) en general la infantería de una división puede ser considerada equivalente a uno o dos batallones, y en ciertos casos solamente equivalentes a dos o tres compañías (…) en ciertos ejércitos, el 50% de los cañones carecen de tiros de caballos. La moral de las tropas ha sufrido seriamente y su poder de resistencia disminuye diariamente. Se rinden en hordas, ante cualquier ataque enemigo y miles de saqueadores infestan los distritos alrededor de las bases. No tenemos más líneas preparadas, y no se pueden excavar más. Hay escasez de combustible para los camiones, y cuando los austríacos cedan, y no consigamos más petroleo de Rumanía, en dos meses se detendrá nuestra aviación”. Pero no esta nada claro que Max von Baden recibiera las mismas respuestas pesimistas de todos los comandantes de grupos de ejército,  ejércitos y cuerpos de ejército.

Lo que fue evidente es que el divorcio entre el nuevo gobierno y el OHL llegó a su punto de ruptura a partir de segunda quincena de octubre de 1918.

Apoyado por los distintos ministros en la cancelación de la guerra submarina, Max von Baden amagó con dimitir para forzar al káiser a respaldar la cláusula que prometía poner fin a la campaña de los sumergibles en la respuesta a Wilson. Hindenburg y Ludendorff retuvieron el borrador y se distanciaron políticamente de la medida. Sin embargo, fue el mensaje fue enviado  a pesar de esta oposición.

La tercera nota de Wilson llegó el 23 de octubre y tuvo el efecto de una bomba. Afirmaba que los gobiernos Aliados acordarían un armisticio, pero con la condición inexcusable de no reanudar las hostilidades. Luego llegaba la exigencia explosiva: el rechazo a las autoridades militares y monárquicas alemanas, “El gobierno de EE.UU no puede sino tratar con los verdaderos representantes del pueblo alemán (…) si se debe tratar con los jefes militares y los autócratas monárquicos de Alemania (…) será exigida no la negociación de paz, sino la rendición

Por tanto, aparecía una nueva condición a las claras: la abdicación del káiser y la subordinación del ejército al nuevo poder civil. Naturalmente hacer semejante cambio en pleno conflicto bélico suponía anular la capacidad de lucha de Alemania. El coronel Haeften, comisionado del OHL ante el ministerio de exteriores explicó por teléfono las demandas de Wilson a Ludendorff y los otros líderes del Alto Mando que permanecían en el cuartel general de Spa. Fueron rechazadas de plano. Ludendorff clamó pidiendo el final de las negociaciones con Wilson y combatir a toda costa. Fue secundado por Hindenburg, que telegrafió al canciller.


Pero no fueron los únicos en pronunciarse. Aparentemente, el príncipe Ruperto habría comunicado a Max von Baden que Ludendorff no asumía la gravedad de la situación y “Debemos asegurar la paz a toda costa antes de que las fuerzas enemigas entren en Alemania”. 
                                           FOTO. EL BARÓN KURT VON LERSNER


El barón Kurt von Lersner habló todavía más claramente. Era el enlace entre el ministerio de exteriores y la cancillería ante el OHL. Dijo que la situación era mucho peor que tres semanas antes y dio a entender que el Heer aceptaría la destitución de Ludendorff, hasta entonces una figura incuestionable.

6.9.19

LA DESINTEGRACIÓN DE AUSTRIA-HUNGRÍA. VITTORIO VENETO.

Ya desde 1917 la situación política interna de Austria-Hungría se había complicado seriamente. El jefe del Partido Nacional  Checo, Kramar, había sido arrestado por traición, aunque fue amnistiado poco después. Sin embargo las demandas crecientes de mayor autonomía estaban cada vez más extendidas entre los círculos políticos de las diferentes nacionalidades de la monarquía habsburguesa. Y algunos, como Kramar en Bohemia, Markov en Galitzia o Trumbic en Croacia, que proponían ir más lejos aumentaban el número de seguidores, en parte aprovechando que la suspensión del parlamento austríaco. Los polacos, impactados por la declaración de independencia de Ucrania auspiciada por los alemanes también se incorporaron a la corriente reivindicativa.
                                                   FOTO. KAREL KRAMAR, LIDER NACIONALISTA CHECO, A LA IZQUIERDA.

En Francia y Gran Bretaña, el principal líder nacionalista checo, Thomas Masaryk, huido desde 1915 de su país, se mantenía activo a través del Consejo Nacional Checo fundado en1916 realizando varios viajes a Rusia para promover la Legión Checa. Aunque su labor tuvo un eco limitado, fue muy publicitada por los Aliados.

A principios de 1918 había indicios de desmoralización en la flota austrohúngara: en la base de Cattaro se produjo un motín a bordo de los cruceros acorazados Sankt George, Kaiser Karl VI y los acorazados predreadnought Kronprinz E. Rudolph y Kaiser Franz Joseph I. Fue sofocado dos días después gracias a la fidelidad de los tripulantes de los cruceros ligeros y destructores presentes en el puerto.No obstante, provocó la alarma de las autoridades, y el relevo del almirante Njegovan el 27 de febrero como Flottenkommandant en favor de M. Horthy, promovido al rango de contralmirante.

Mientras seguía la agitación separatista. Los acuerdos de Pittsburg fueron suscritos el 30 de junio de 1918 entre Masaryck y varios delegados eslovacos. otorgaban a la lengua de estos  rango oficial en el futuro estado y sería impartida en la enseñanza. En la misma Praga se formó una delegación interior del Consejo Nacional de Checoslovaquia en el mes de julio.  Los británicos reconocieron al Consejo Nacional como un interlocutor oficial el 9 de agosto.

La retirada de Albania con orden fue organizada por Pflanzer-Baltin tras el armisticio búlgaro a finales de septiembre, aunque no fue consensuada con Berlín.

 Ante el marasmo creciente y las vacilaciones aparecidas en su socio alemán, el 4 de octubre Carlos envió un mensaje al presidente Wilson, advirtiendo previamente a Berlín. La respuesta fue la insistencia de Washington en los derechos de checos y eslovacos. El día 14 de octubre se había reunido un gobierno provisional checo. Una semana después hasta los austriacos alemanes convocaron un debate sobre la nueva estructura política. El 6 de octubre un gobierno provisional  reunido en Agram (Zagreb) proclamó el estado yugoslavo. Carlos intentó reconducir la situación declarando el establecimiento de un imperio federal a mediados de mes; entretanto permanecía en Hungría intentando asegurarse apoyos. Las tropas del Honved del frente italiano se retiraron de sus posiciones, con el argumento de defender el suelo del reino húngaro. Los regimientos alpinos que debían reemplazarlos desertaron, lo que ahondó la desmoralización. El 20 de octubre Wilson dio un paso adelante y sustituyó la reclamación de simple autonomía  para las nacionalidades por la exigencia de independencia, pretextando que Estados Unidos había contraído obligaciones con las reivindicaciones de todos los pueblos eslavos del imperio austrohúngaro. En Fiume estalló el día 23 una revuelta de las tropas croatas de la guarnición que todavía pudo ser reprimido.

Los italianos habían pensado originalmente, en vista del agotamiento de los recursos propios y las divisiones sociales y políticas cada vez más profundas, en reanudar su ofensiva en 1919. Cambiaron de opinión ante los avances de sus socios en Macedonia y las noticias del caos creciente dentro de Austria-Hungría.

La ofensiva definitiva  contra las tropas de Boroevic en el Véneto planeada por Armando Díaz empezó el 24 de octubre. El plan preveía un movimiento en pinza sobre el 6º ejército austrohúngaro, con la participación del 8º ejército italiano en el Piave, y del 4º ejército sobre monte Grappa más al oeste. Otros tres ejércitos italianos, el 10º. el 6º y el 12º, reforzados con divisiones francesas e inglesas deberían apoyar la acción. Paradójicamente fueron estos los que conseguirían la ruptura. Las primeras cabezas de puente las estableció el 8º ejército en la noche del 23 al 24 de octubre, pero hasta el día 26 no pudieron afirmarse. Los asaltos del 4º ejército en monte Grappa fueron rechazados firmemente. A pesar de la incertidumbre que reinaba en su patria, la mayoría de los soldados austrohúngaros todavía mantuvo la disciplina unas horas. Sin embargo el 10º ejército italiano y sus divisiones británicas si que lograron afirmarse en la orilla oriental del Piave: a partir del día 28 de octubre empezó un cruce masivo aunque la resistencia austrohúngara  se mantuvo un tiempo en torno a las fortificaciones de Feltre y Fonzaso. A partir del día 29 de octubre los regimientos eslavos se negaron a seguir combatiendo, a medida que se iban extendiendo las noticias de la declaración de independencia de Checoslovaquia y la de los croatas y eslovenos.


El 25 de octubre Michael Karoly estableció el Consejo Nacional  Húngaro en Budapest preparando abiertamente su divorcio respecto a Austria. Enterados de la orden de retirada del ejército húngaro en Italia, los miembros del Consejo Nacional de Checoslovaquia dieron un ultimátum a los funcionarios austriacos del castillo de Hradcany  al tiempo que se hacía con el control de las calles. Max von Cordenhove, gobernador de Bohemia aceptó la existencia del estado checoslovaco el 29 de octubre y también la retirada de funcionarios y militares de la anterior administración. Inmediatamente después fue arrestado por los checos, eso sí, muy protocoláriamente. A la vez, en Turciansky Svaty el Consejo Nacional Eslovaco se incorporó a esa entidad estatal (aunque prudentemente dejando la puerta abierta a una autodeterminación eslovaca). También ese mismo día y contando con el visto bueno de Serbia se proclamó en Agram que Croacia y Dalmacia  formaban parte desde ese instante de un estado nacional y soberano de eslovenos, croatas y serbios. En la ciudad eslovena de Laibach (Liubliana) y en la capital de Bosnia, Sarajevo se emitieron declaraciones en el mismo sentido: todas estas zonas quedarían englobadas en el estado de los Eslavos del Sur, Yugoslavia.

El 30 de octubre de 1918  se dieron manifestaciones con participación de socialdemócratas y elementos bolcheviques en la misma Viena llamando a la proclamación de una república. Ante el colapso interno, el emperador Carlos ordenó la transferencia de la flota al Consejo Nacional de los Eslavos del Sur. Los Aliados no reconocieron esta transferencia, y en la primera semana de noviembre capturaron las bases y los navíos. Los comandos navales italianos aprovecharon para dar un golpe de mano en Pola y hundir al acorazado Viribus Unitis.


FOTO. EL GENERAL BOROEVIC, POSANDO PARA UN RETRATO
En las operaciones en torno a Vittorio Véneto, tomada el 29 de octubre  cuando ya estaba negociándose el armisticio en villa Giusti, cerca de Padua, los italianos capturaron a 200.000 soldados austrohúngaros. Boroevic consiguió retirarse en orden hacía Carintia con 80.000 hombres que se habían mantenido fieles. Pero había dejado tras de si  430.000 de sus hombres prisioneros de los Aliados, y 30.000 muertos y heridos. Sacila fue tomada el 1 de noviembre y los italianos reconquistaron Udine al día siguiente, ya cerca de la frontera. Al mismo tiempo en los Alpes el 6º ejército italiano aseguraba la meseta de Asiago abriendo el paso hacia Trento que fue tomada el 3 de noviembre. Los italianos también desembarcaron en Trieste en ese momento. Las pérdidas italianas ascendieron a 38.000 bajas durante esta campaña final.

El 30 de octubre el Comité Nacional Húngaro declaró su plena independencia de Austria y los Habsburgo, y al día siguiente su líder Karolyi fue nombrado presidente, y los miembros del Comité pasaron a ser su gobierno. El conde Tisza, el antiguo presidente y encarnación del compromiso austrohúngaro, fue asesinado en su casa por un grupo de soldados desertores. Contra las esperanzas del nuevo gobierno, la disolución del reino húngaro se puso en marcha en Zagreb y Praga.

El armisticio se ratificó el 3 de noviembre que entró en vigor en la jornada siguiente, cuando aún no habían penetrado las tropas Aliadas en territorio austrohúngaro.

El día 8 de noviembre Borovic envió varios telegramas ofreciéndose para respaldar al gobierno de Viena, aunque solo fuera para utilizar a sus tropas como baza negociadora interna. Pero el emperador Carlos rechazó la oferta, temiendo un derramamiento de sangre. Su declaración final del 11 de noviembre fue la confirmación de la desaparición del K.u.K. la última institución unitaria que se mantuvo firme en la secular monarquía danubiana que ahora llegaba finalmente a su término. El 12 de noviembre la asamblea provisional nombró a Karl Renner canciller de la pequeña república de Austria.

13.8.19

EL IMPERIO TURCO ARROJA LA TOALLA



El armisticio búlgaro del 30 de septiembre tuvo graves repercusiones para los turcos. Tracia Oriental quedaba expuesta a un golpe Aliado, y las comunicaciones con Alemania cortadas haciendo casi imposible la llegada de los insustituibles pertrechos germanos. Los últimos fracasos en Siria, la llegada del nuevo canciller Von Baden y sus tanteos de paz a Wilson, las visibles vacilaciones de Berlín además de la ruptura de la línea Hindenburg en el frente occidental en la primera quincena de octubre, provocaron una seria agitación en el gobierno otomano. El día 8 de octubre dimitía el triunvirato de la CUP unionista ( Enver, Talat y Cemal) que había guiado al país durante toda aquella época turbulenta. Durante una semana se mantuvo un compás de espera ante las dificultades de hallar a un estadista con ánimo para enfrentarse ante tan complicado panorama. Finalmente Ahmed Izzet Pachá, que había dirigido a las tropas en el Cáucaso formó un gobierno cuya finalidad era tratar de llegar a un entendimiento con los Aliados. Para ello decidió emplear como enviado al jefe británico prisionero de mayor grado que se tenía bajo custodia, el general Charles Townshed, el defensor de Kut El Amara. Viajó inmediatamente a Lesbos, donde transmitió la  voluntad turca de acabar la guerra. A continuación se invitó a una delegación a viajar a la cercana isla de Lemnos, al puerto de Mudros, donde estaba una de las bases de la Mediterranean Fleet para entregarle un informe con las condiciones para un alto el fuego. Tras cuatro día de negociaciones se fijaron los términos del acuerdo. 


                                   FOTO. AHMED IZZET PACHÁ

Finalmente el 30 de octubre, a bordo del predreadnought Agamemnon. Las condiciones imponía a los turcos debían abrir los estrechos del Bósforo y los Dardanelos a las flotas Aliadas, entregando los fuertes anexos que tanto se habían resistido en la campaña de 1915. Las fuerzas armadas del imperio debían ser desmovilizadas, y entregarse los efectivos navales. Las redes de comunicación (telégrafo, radio) quedarían bajo control de personal británico y francés designado al efecto. Todos los prisioneros de guerra Aliados tenían que ser liberados, incluyendo a ciudadanos otomanos de origen armenio; en cambio los prisioneros de guerra turcos seguirían retenidos. Una clausula ambigua dejaba abierta la posibilidad abierta a que tropas de los ya virtuales vencedores ocuparan cualquier punto estratégico que considerasen conveniente. Se mencionaban Cilicia y las provincias armenias en particular.

Según lo acordado a las doce del mediodía del 31 de octubre, cesaron las hostilidades en Oriente Medio, Karabaj, Daguestan y el Egeo. En la noche del 1 de noviembre los dimisionarios jefes de los Jóvenes Turcos se trasladaron a un buque alemán para marchar al exilio en Odessa y a continuación a Berlín. Más tarde, Enver partiría al Asia Central donde hallaría la muerte en 1922 combatiendo contra los bolcheviques. Sus otros dos compañeros de triunvirato fueron asesinados por terroristas armenios en esas fechas.

19.5.19

INCERTIDUMBRE Y DESESPERACIÓN EN BERLÍN: EL GOBIERNO DEL PRÍNCIPE MAX VON BADEN

La conferencia del OHL celebrada el 1 de octubre de 1918 es una de las reuniones más trascendentales de la Primera Guerra Mundial. Aunque hay ciertas contradicciones en los testimonios de los presentes, parecer ser que un demacrado Ludendorff explicó que la guerra no podía ganarse, y que una derrota final e inevitable estaba próxima. El día anterior había ordenado preparar una retirada a la línea defensiva entre Amberes y el Mosa, pero cuya construcción no había sido emprendida seriamente.

Algunos de los presentes lo interpretaron como el preludio a una retirada hasta la frontera alemana. Según la versión de W. Heye, coronel general y último responsable de operaciones del OHL durante el conflicto, Ludendorff habría pintado un visión del ejército alemán acosado por los Aliados y minado por una venenosa propaganda comunista y socialista. El único modo de evitar una revolucion era negociar un armisticio lo antes posible en base al programa de los 14 puntos de Wilson.

Según la versión del  coronel Albrecht von Thaer, otro de los oficiales del OHL: “mientras Ludendorff hablaba escuchaba sollozos ahogados y suspiros, las lágrimas se deslizaban por las mejillas de los presentes”. En cambio. Hindenburg dio un contrapunto a las valoraciones pesimistas: “La situación es seria pero también temporal (…) estoy completamente convencido de que Alemania con la ayuda de Dios saldrá de este difícil periodo”.

Pero la opinión de Ludendorff era determinante. Envió telegramas al canciller Von Hertling y al ministro de exteriores Von Hintze (ocupaba el cargo desde julio) afirmando que “el ejército no puede esperar otras 48 horas, un desplome de consecuencias desastrosas es posible en cualquier instante”.

El káiser y Hertling, con la asistencia de Hintze y el vicecanciller Payer urdieron velozmente un nuevo gobierno de coalición. Ese mismo día el príncipe Max von Baden, un primo de Guillermo II, fue propuesto para sustituir al saliente Hertling. Maduro y algo achacoso este aristócrata sureño tenía reputación de detallista y de ideas humanitarias ( se había opuesto públicamente a la guerra submarina sin restricciones en 1917).


                               FOTO. EL PRÍNCIPE MAX VON BADEN. A SU IZQUIERDA, EL VICECANCILLER  PAYER.

Max von Baden no tenía el respaldo de los oficiales del Heer y era despreciado por el jefe del gabinete militar del káiser, el general Von Marschall. En cambio era bien visto en los ambiente civiles de tono liberal.

El nuevo canciller tuvo que enfrentarse a decisiones cruciales desde el primer momento. Prefería diferir la petición de un armisticio, pensando que era mejor que el gobierno de coalición emprendiera cambios en la ley electoral que dieran más legitimidad al régimen y evitaran el riesgo de una revolución. Coincidía con  Hintze que enviar la solicitud de un armisticio inmediato sería interpretado por los Aliados como un signo de evidente fragilidad.

El mariscal  Hindenburg viajó a Berlín para seguir en contacto con el káiser y tratar el delicado asunto personalmente. También el comandante Von Bussche se trasladó a la capital el día 2 de octubre con el encargo de explicar el giro de los acontecimientos a los líderes de los partidos.

Durante el subsiguiente consejo imperial Hindenburg expuso a los presentes que el ejército podía proteger la frontera alemana hasta  principios de 1919, pero reiteró las demandas del OHL para un armisticio lo antes posible puesto que no se podía garantizar el frente en caso de una renovada ofensiva del adversario.

El príncipe Max von Baden expresó nuevamente su preferencia por retrasar la petición. Ahora fue el káiser el que respondió que no había que poner palos en las ruedas a las peticiones del OHL. El príncipe inquirió porqué el Alto Mando no declaraba una capitulación. No recibió entonces una respuesta concreta, pero recibió el 3 de octubre de Hindenburg con estas líneas: “Es deseable en estas circunstancias interrumpir la lucha con el fin de preservar al pueblo alemán y sus socios de sacrificios inútiles. Cada día desperdiciado cuesta las vidas de miles de bravos soldados”. Peor había sido todavía el entendimiento con los líderes de los partidos políticos. Von der Bussche apostilló a sus interlocutores: “ El Alto Mando había visto oportuno proponer a su Majestad que una tentativa para interrumpir la lucha (…) Incluso 24 horas pueden empeorar las cosas y conducir al enemigo a descubrir nuestra verdadera debilidad”. Lógicamente, el revuelo entre los políticos fue considerable, por decirlo suavemente.

Max von Baden juró su cargo el 3 de octubre, incluyendo a los socialdemócratas en su gobierno, entre ellos a Scheidemann como secretario de estado, o el católico Ezberger, un paso impensable solo unos semanas atrás. Esa misma noche una  nota fue enviada al gobierno de Estados Unidos solicitando al presidente Wilson un armisticio rápido que debía dar paso a conversaciones de paz sobre la base del programa de los 14 puntos. 

Existe bastante confusión sobre como interpretaban Ludendorff y Hindenburg ese programa, o cuales eran sus intenciones reales. Algunos historiadores han pensado que trataban de endosar maliciosamente la responsabilidad de la derrota en ciernes al nuevo gobierno civil, desentendiéndose de su propia responsabilidad. Otros estudiosos opinan en cambio que simplemente desconocían el explosivo alcance político del contenido y las implicaciones últimas que tendría para el II Reich acatar los 14 puntos. Resulta revelador que ni siquiera el flamante canciller estuviera al tanto del discurso de Wilson dos meses antes cuando hizo un llamamiento para eliminar “cualquier poder arbitrario (…) que pudiera perturbar la paz del mundo”, en clara alusión al Imperio Alemán.

Otro problema latente pero en aumento era que, inevitablemente, todo este debate en el seno de los círculos gobernantes de Berlín se estaba filtrando lentamente, y no podía por menos que debilitar la moral de la población de la población civil y de las fuerzas armadas alemanas, al generar una perdida de confianza y credibilidad respecto a las instituciones vigentes.

La réplica de Washington llegó el 9 de octubre, justo cuando la Línea Hindenburg (Sigfrido) había sido quebrantada entre San Quintín y Cambrai. Cuando el canciller volvió a entrevistarse con la cúpula del OHL le esperaba otra sorpresa. Ludendorff parecía reanimado, describiendo un cuadro de situación más optimista que al comienzo del mes. Aconsejaba rechazar la oferta yanqui si era demasiado onerosa. En efecto, la respuesta primero pedía garantías de que el gobierno de Baden representaba realmente la voluntad del Reich. Si así fuera, Berlín debía aceptar sin condiciones los 14 puntos. Y para demostrarlo debía evacuar todos los territorios ocupados en el Oeste. Nada más y nada menos.

Muchos de los miembros del gobierno coincidían con la opinión del Alto Mando. Un armisticio no significaba necesariamente el final del conflicto. El ejército  podía retirarse a la frontera alemana y combatir luego si fuera preciso. El  influyente industrial judío y asesor del gobierno, Walther Rathenau, opinaba que había que dar por finalizadas las negociaciones con Wilson y en su lugar llamar a  “la nación en armas” como medida de emergencia. Pero Ludendorff temía que este llamamiento causase más alteraciones en un momento tan delicado.

En una carta a su esposa Hindenburg explicaba su punto de vista: “ El armisticio es militarmente necesario para nosotros (…) pronto estaremos al final de nuestra potencia. Si la paz no llega, al menos tendremos que distanciarnos de nuestros enemigos, recuperarnos y ganar tiempo. Entonces tendremos  más capacidad para luchar que ahora, si fuera necesario. Pero yo no creo que tras dos o tres meses ningún país tendrá el deseo todavía de empezar a luchar de nuevo”.

Entre los Aliados estas convulsiones internas de sus enemigos, gracias a la diplomacia y a las labores de inteligencia y espionaje, no pasaron desapercibidas. El 10 de octubre Foch había establecido de acuerdo con Haig  las condiciones mínimas para el posible armisticio. Debían ser la evacuación alemana de Bélgica, el norte de Francia, y Alsacia-Lorena; el equipamiento militar entregado y la margen occidental del Rhin pasar bajo administración de los Aliados junto con cabezas de puente en la margen oriental. Haig señaló que estas exigencias equivaldrían a pedir una rendición incondicional, y que podría exasperar a los alemanes, pero Foch opinaba que la situación interna de Alemania era tan complicada que unos términos más moderados no serían necesarios, y que mostrar rigidez en las condiciones aumentaría todavía más la presión sobre los círculos políticos de Berlín.


El 12 de octubre el príncipe Max remitió su contestación a Washington, reafirmado su autoridad plena. La segunda nota de Wilson el 14 de octubre, en parte bajo el impacto del hundimiento del transporte Leinster y las bajas entre el pasaje, insistía en la exigencia de la evacuación de los territorios ocupados ( incluyendo Alsacia-Lorena, cuando en el diálogo inicial entre Washington y Berlín se había dado a entender que aún podría ser mantenida por los alemanes ), el final de la campaña submarina, y garantías de cambios en el sistema político germano, una indirecta que el káiser comprendió perfectamente. Guillermo II calificó la carta de estupidez frívola. En cambio el canciller, según sus memorias, estaba cada vez más confundido al sentir que su política no contaba con una fuerza militar firme que respaldase sus pasos.


Antes de la nueva reunión del consejo de ministros, Ludendorff explicó que a pesar del retroceso en Flandes y la inminente caída de Lila, el ejército podía llevar a cabo una retirada planificada. Pero se negó a que otros jefes de ejércitos expresaran su opinión públicamente.

Cuando la reunión tuvo lugar el 17 de octubre, Ludendorff  explicó a los asistentes que los cambios de fortuna podían favorecer de nuevo al ejército nacional, que serían  necesarios 100.000 reemplazos mensuales de hombres; la presión Aliada había disminuido hasta el punto que una ruptura de la línea era “posible pero no probable (…) no la temo” y consideraban que la afluencia de más refuerzos levantaría la moral de las tropas. De hecho, durante esas semanas se expidieron notificaciones de reclutamiento a los jóvenes de 17 años.

En la ronda de preguntas, el ministro de la Guerra le inquirió sobre el potencial norteamericano. El ministro socialista  A. Gröber paso a interrogarle venenósamente sobre las bajas raciones alimenticias y las diferencias de rancho respecto a las que consumía el Alto Estado Mayor. El otro mandatario socialista del nuevo gobierno,  Scheidemann, objetó que el reforzamiento con varios cientos de miles de hombres no mejoraría el espíritu marcial. Ludendorff solicitó al ministro que hiciera algo por elevar la moral de las masas populares, a lo que Scheidemann respondió que esas masas estaban desilusionadas y hambrientas. Citó específicamente el desabastecimiento de cereales, de grasas, y el de patatas por debajo del umbral crítico.


El canciller Max planteó el tema del efecto de los abundantes carros de combate enemigos. Ludendorff dijo al respecto: “ Espero, cuando nuestra infantería se haya recobrado de nuevo que el pánico al tanque, que fue superado anteriormente, y había regresado, sería conjurado una vez más (...) en cuanto la moral de las tropas se recupere, algunas formaciones de Jäger (cazadores) y los granaderos de la Guardia, practiquen el fuego antitanque como si fuera un ejercicio habitual"

También expuso sus argumentos la Kaiserliche Marine, por boca del almirante Scheer. Consideraba un grave error ceder a las exigencias de suspender la guerra submarina. Esperaba que la presión sobre Italia y los EE.UU causaría cierto impacto. Deslizó una buena noticia: había acumuladas reservas de petróleo para ocho meses de operaciones.



16.9.17

CONSOLIDACIÓN DEL PODER AÉREO 1917-1918

En agosto de 1916 los monoplanos Fokker y Pfalz componían el grueso de los cazas monoplaza de la Fliegertruppe. Sin embargo la irrupción de los Nieuport y Spad VIII franceses y de los DH.2 ingleses había roto su hegemonía. Entre otras victorias, abatieron al as alemán Otto Parschau en Roisel el 21 de julio de 1916 durante los combates aéreos de la batalla del Somme.  Parschau, jefe del Abwehrkommando Nord (AKN) tenía en su haber la entonces respetable cifra de 8 victorias. Los nuevos modelos Halberstadt D.II y D.III que se incorporaron al frente Occidental desde finales de junio lo hicieron con cuentagotas, aunque fueron recibidos por los pilotos alemanes como una mejora respecto a los superados Fokker Eindecker. También por estas fechas se emprendió una reforma a fondo de la organización del Fliegertruppe. Aparecieron los  primeros Jagdstaffeln, (escuadrones de cazas) conocidos más popularmente por su contracción como Jastas. Sus misiones primordiales eran destruir a la fuerza de caza enemiga y proteger a los lentos aviones biplaza de exploración y guía de artillería, estorbando al mismo tiempo a los del adversario. El principal promotor del cambio fue el as Oswald Boelcke, que defendió la constitución de los Jastas ante el Feldflugchef (estado mayor aéreo) y su director, el comandante Lieth-Thomsen, ese verano. Además Boelcke aportó el fundamento teórico de los escuadrones de caza con su famoso “Diktat”, reuniendo los principios básicos del combate aéreo. Tras un breve ausencia para una gira de inspección, Boelcke regresó para hacerse cargo del recién creado Jasta 2. El más celebre de sus discípulos fue el Barón Rojo. El Jasta 4 se formó el 25 de agosto, al principio equipado con aviones Haberststadt. El mismo día nació el Jasta 6, al mando de Joseph Wulff. El más celebre de todos, el Jasta 11 surgiría el el 28 de septiembre de 1916 bajo la dirección de Rudolph Lang, pero pasaría a la historia cuando Von Richthofen se hizo cargo del escuadrón el 16 de enero de 1917.

Los primeros ejemplares del Albatros D.I también llegaron lentamente a partir de septiembre de 1916. El Albatros D.I era un diseño de Robert Thelen y sus ayudantes Gnaeding y Schubert. Usaba un sistema de aterrizaje y la cola similares a los de la serie C.X, con la aleta inferior del CXIII. El fuselaje, de forma elíptica y robusta, era completamente nuevo. El motor era un Benz Bz III o un Merecedes DIII que accionaba una hélice biplana. Eran mecanismos poderosos, que permitieron la instalación de dos ametralladoras. Su único defecto palpable era que el plano superior dificultaba la visión del piloto, cosa que fue corregida en el  modelo D.II, que ya instalaba el Mercedes DIII. El Albatros D.II era más rápido trepando y más ligero. El Albatros D.III, equipado con ametralladoras dobles empezaría a operar desde enero de 1917. Su introducción permitió la victoria del "abril sangriento" de 1917, pero cierto estancamiento de la producción alemana y el auge de la británica volvieron a equilibrar las cosas.  Los británicos presentaron en 1917 su caza SE5 con su motor V8 Hispano-Suiza, y sobre todo el soberbio Sopwith Camel desde junio de ese año. La respuesta alemana la constituyó el Fokker Dr 1 a finales del verano de 1917, un modelo alabado (y usado) por el Barón Rojo.

Al principio la contribución norteamericana fue modesta. Su destacamento aéreo era una sección dentro del llamado Cuerpo de Señales. Aunque disponía de unos mil pilotos y 250 tripulantes, no estaban preparados para el combate europeo de manera inmediata, y de hecho operaron en 1917-18 con aviones suministrados por los franceses en su mayor parte. Es cierto que desde los años anteriores un contingente de pilotos voluntarios se había unido a los Aliados.

Sobre los bombardeos contra Alemania una fuente estima que en 1915 cayeron sobre localidades germanas 940 bombas lanzadas por aviones o dirigibles Aliados, causando  116 muertos, 329 heridos, y unas pérdidas materiales de 0,83 millones de marcos en daños. Se habrían producido medio centenar de ataques. En 1916 comenzó una escalada: 1.817 bombas lanzadas, 160 muertos, 352 heridos y unos daños estimados en 1,38 millones de marcos.

Respecto a los bombardeos sobre Inglaterra, los alemanes se concentraron en atacar con la flota de zeppelines, pero a mediados de 1916 comprendieron que eran inadecuados para la misión y en otoño de ese año comenzaron a equiparse con los bombarderos Gotha IV, dotados con dos motores, capaces de alcanzar una altura máxima de 4.500 metros, más allá de la altitud que lograban los cazas contemporáneos, un alcance de 800 kilómetros y capaces de transportar hasta media tonelada de bombas. Cuatro escuadrones de estos bombarderos fueron desplegados en Bélgica, con su primer ataque a finales de mayo de 1917 contra Folkestone. Participaron 22 aparatos y causó 95 muertos. A mediados de junio de 1917, efectuaron una ambiciosa incursión diurna sobre Londres 18 Gothas. Pese a ser interceptados por más de 90 cazas ingleses, no sufrieron pérdidas y pudieron lanzar su carga sin problemas, causando 162 víctimas mortales.

El 7 de julio  en un ataque por parte de 22 Gothas, uno de ellos fue derribado y tres dañados, a costa de dos cazas ingleses derribados por el fuego defensivo de los bombarderos. Sólo cuando el Royal Flying Corp equipó a sus escuadrones en Inglaterra con los potentes Sopwith Camels comenzaron a sufrir pérdidas los Gothas. La reacción alemana fue reemplazar los ataques diurnos por incursiones nocturnas.
A mediados de septiembre, un bombardero aún más potente, el Zeppelin-Staaken Riesenflugzeug "Gigante" entró en escena. Equipado con cuatro motores, podía transportar una carga máxima de dos toneladas de explosivos.

A finales de 1917 estaban perfectamente establecidas unidades aéreas especializadas: reconocimiento, bombardeo a distancia media, ataque a tierra, caza y antiaéreos terrestres.

Complementaban a las nuevas tácticas de combate en tierra, buscando neutralizar la artillería enemiga y a la vez proporcionar un fuego de apoyo poderoso. Para ello eran precisos mapas exactos de las disposiciones del adversario, cosa que era proporcionaba la fotografía aérea y la comunicación por radio entre la artillería y los pilotos de observación. Por tanto un requisito para una victoriosa campaña terrestre dependía de una minuciosa preparación con reconocimiento y dominio del cielo.
La primera aplicación de esta teoría fue el asalto a Riga en septiembre de 1917, que sirvió de modelo a las ofensivas alemanas de la primavera de 1918. También la acción británica de Cambrai en noviembre de 1917, donde sus cazas lanzaron frecuentes incursiones a baja altitud y garantizaron la acción de sus aviones de observación y artillería.  La nueva doctrina integral de armas combinadas encontraría su encarnación más perfecta en las Stosstruppen.

Aunque todavía no se había convertido en un arma independiente, la fuerza aérea se había ganado la consideración de factor importante. Disponía de un estado mayor específico y había generado entre 1914-17 considerables infraestructuras y complejos de mantenimiento de crecientes cantidades de aparatos, de inteligencia para analizar fotografías aéreas, vehículos de transporte para trasladar ágilmente el equipo y las bases hacia el punto que fuera preciso. También el número de personal debía ser acorde, con 100.000 efectivos en el caso de alemanes y franceses, e incluso más entre los británicos debido a sus compromisos añadidos en Oriente Medio y el mar.

A principios de 1918 había quedado establecida la organización esencial de las unidades: escuadrones de entre 14 y 20 aviones, que a su vez se agrupaban en alas.  Los británicos incluso crearon brigadas de 500 aparatos reuniendo varias alas, y las asignaron a cada uno de sus ejércitos. Los franceses crearon la 1º división aérea con hasta 600 aviones para efectuar diversas misiones de bombardeo, reconocimiento y caza.
FOTO. EL BOMBARDERO ALEMÁN GOTHA V


En 1918 se generalizaron diversos tipos de cazas novedosos, los SE 50 y Camel de los británicos y el Spad XIII francés. Los alemanes respondieron con el Fokker D.VII , más sólido y de gran capacidad de ascenso, introducido a partir de mayo de 1918. Respecto a los modelos de reconocimiento y guía de artillería, los ingleses emplearon los DH9 y DH4, y los franceses sobre todo el Salmson A2. Los alemanes no tenían un modelo representativo para esta función y recurrieron a múltiples biplaza como los Halberstadt. Respecto a los bombarderos especializados se introdujo el Breguet XIV por parte gala, con capacidad de carga para 300 kilos de explosivo. En junio de 1918 los alemanes presentaron el Gotha V.

La ventaja numérica de los aliados gracias a su potencia industrial, de unas 3.000 unidades al mes, quedó patente en este año. Por su parte la Luftstreikrafte ni siquiera alcanzó los 2.000 aparatos mensuales que el OHL había marcado como objetivo. La creación de nuevas unidades siguió siendo complicada debido al enorme desgaste, tanto por la incansable acción de combate como por los abundantes accidentes y percances a causa del casi inexistente control de calidad en la producción.


18.7.14

EN LA ENCRUCIJADA ( II PARTE ): EL DEBATE EN LA DIRECCIÓN DE LAS POTENCIAS CENTRALES EN EL INVIERNO DE 1917-18



Durante la conferencia  de Mons el 11 de noviembre de 1917 Ludendorff presentó su plan de concentrarse masivamente para la primavera del año siguiente en el frente Occidental, en particular contra los británicos,  especificando que no había otras alternativas viables. Consideraba que el mejor  área para actuar sería Flandes, porque el enemigo no tendría espacio para maniobrar cuando, según  esperaba,  sus posiciones cedieran. El estado del terreno podía constituir una dificultad que obligara a hacer rectificaciones sobre el punto escogido para el avance. Debido a las lluvias  Flandes estaría todavía impracticable en esas fechas. 

 Las posibilidades objetivas del proyecto de Ludendorff se apoyaban  en la capacidad de los ejércitos del extinto frente Oriental de transferir unidades ( con 500.000 de hombres al menos ), y por el excelente  rendimiento demostrado por las Sturmtruppen gracias a  su proceso de selección de los mejores combatientes y las tácticas de infiltración. Se contaba asimismo con las tropas destacadas en Italia puesto que Arz von Strausenburg había prometido que serían sustituidas por los contingentes austrohúngaros  liberados del servicio en el Este. 


Pero los sentimientos optimistas no eran unánimes. Cundían los persistentes rumores sobre la escasez de forraje y caballos para el transporte y de que se estaban rozando los limites en la capacidad  alemana de reclutamiento de nuevos soldados. Los oficiales de mayor rango que exteriorizaban sus dudas eran el general Groener y el príncipe Ruperto de Baviera. Pensaban que una estrategia defensiva era más eficiente, teniendo en cuenta los reemplazos decrecientes. Preferían redondear y acortar los frentes apoderándose de Salónica y el norte de Italia, dejando la iniciativa a los Aliados en el frente Oeste, esperando que se densangraran inútilmente, como había ocurrido en 1917. 


Al respecto Ruperto escribió al káiser:  Nos afectan dos obstáculos irremediables, la gradual reducción de reemplazos de tropas y caballos, que solamente irá a peor. Estamos en una posición capaz de asestar unos pocos golpes severos al enemigo en Occidente, pero apenas para infligirle un revés decisivo, así que es de esperar que la batalla al cabo de pocos  meses conduzca de nuevo a la desesperante guerra de posiciones. Quien ganará finalmente dependerá al cabo de quién  pueda prolongar sus efectivos humanos, y a este respecto estoy convencido de que el enemigo tiene mejores perspectivas, gracias a los americanos, aunque naturalmente solo lo pueda hacer gradualmente


No obstante, había consenso entre la oficialidad de que se podía ganar un considerable éxito inicial, por más que persistieran dudas sobre su continuidad. Un coronel, Albrecht von Thaer,   expresaba así el dilema: “¿ Como de grande debe ser[ la ofensiva], o cuanto debe extenderse, para llevar al enemigo a la mesa de paz?


Tal vez el opositor más significativo ( aunque no el más evidente ) a la nueva estrategia de Ludendorff  de concentrarse en  un choque decisivo en Occidente era  el general Hoffmann, precisamente su antiguo subordinado en Rusia  en la etapa del Oberost y  ahora principal encargado de las tareas de ocupación y de vigilancia en los territorios de Europa Oriental. Desde finales de 1917 una corriente  en la opinión pública mantenía que Alemania debía concentrarse en administrar el vasto espacio controlado  tras el armisticio con los bolcheviques,  confirmado y ampliado en Brest-Litovsk,  aprovechando los inmensos recursos agrícolas y mineros disponibles en Ucrania y otras áreas del antiguo imperio zarista, ya que estos le permitirían superar los efectos cada vez mas demoledores del bloqueo naval Aliado. De este modo se materializarían los modelos de “Mitteleuropa” profetizado por los industriales  y de la “nueva Orden Teutónica  en el Báltico alentado por los pangermanos y el mismísimo Ludendorff antes de 1917.

Sin embargo, esta alternativa repugnaba a los estamentos del OHL, al duo director Hindenburg-Ludendorff,  y todavía más al gobierno del canciller Hertling ( que había reemplazado a Micaelis desde el 1 de noviembre del año anterior )  y la administración civil porque no establecía una conclusión definitiva de  la guerra, sino que consagraba su prolongación. Y el malestar creciente en la población de las Potencias Centrales era evidente. Una oleada de huelgas había llegado a su culminación el 28 de enero de 1918, seguida  en Berlín por 400.000 trabajadores y extendida en los días siguientes a otras ciudades. Entre otros sectores, afectó a las fábricas de municiones,  una producción esencial para el mantenimiento de la guerra.  Las autoridades tuvieron que decretar la ley marcial en la capital y en Hamburgo para restablecer la normalidad, y alistar a miles de los revoltosos como penalización. 

El ambiente en la vecina Austria-Hungría era incluso más alarmante. También menuderaron durante el invierno de 1918  huelgas y  manifestaciones callejeras de protesta por las condiciones de vida en Viena y Budapest, y muy especialmente el 1 de febrero se produjeron motines en la flota del Adriático basada en Cattaro,  dirigidos por dos socialistas checos. En una exhibición de batiburrillo ideológico, 6.000 marineros ondearon la bandera roja expresando sus simpatías por el bolchevismo, al tiempo que reivindicaban la autonomía de las nacionalidade, una paz sin anexiones y la desmovilización. La lealtad de los marineros alemanes de submarinos presentes en la base, de la guarnición del lugar y la llegada de buques desde Pola permitió atajar el peligroso brote, que se saldó con 40 juicios y 4 ejecuciones.

Hechos semejantes, unidos al ejemplo de la vecina revolución rusa desaconsejaban alargar las hostilidades, siquiera unos meses. Era imperativo forzar en los campos de batalla  una solución favorable…e inmediata.

Aparte del uso de las Sturmtruppen y de los cientos de miles de refuerzos procedentes de Rusia, Ludendorff contaba con otra baza: su nueva estrategia de golpes escalonados. Hindenburg escribía sobre el método: “ desmoronar el hostil edificio mediante golpes parciales conectados y cercanos de modo que más pronto que tarde todo el entramado se colapse”. El comandante Georg Wetzell, jefe de operaciones de Ludendorff desde hacía un año,  concretaba : “ El conjunto de la acción ofensiva no debe consistir en un simple ataque a gran escala en un sector(…) el conjunto de la acción debe estar compuesta de varios ataques, teniendo el más fuerte efecto recíproco, en varios sectores, con el objeto de agitar todo el frente inglés

 FOTO. GEORG WETZELL, JEFE DE OPERACIONES DEL OHL DESDE VERANO DE 1916


La decisión de jugárselo todo a una carta apostando por el hundimiento anglofrancés antes de que el grueso del nuevo ejército americano pudiera desplegarse en Francia fue  finalmente aprobada. Ludendorff  arrojaba sobre los  hombros de los sufridos guerreros alemanes  la inmensa responsabilidad de la  existencia última del II Reich en una jugada de máximo riesgo.